El Modo “Aprendizaje” de los Robots y los Datos Personales

El ser humano desde que nace hasta que muere padece el Síndrome de Hansel y Gretel cuya argumentación consiste en que en todo momento (incluso cuando una persona duerme o descansa) se dejan rastros (guijarros) que pueden ser recogidos por terceros con distintos fines, sin el consentimiento de su titular o con objetivos que no coinciden con los permisos otorgados con consentimiento expreso de su titular. Estos rastros son datos personales y como tales deben ser respetados en su máximo tenor por el ordenamiento jurídico.

Debemos agregar, que un instrumento automatizado que interactúa con una persona, se encuentra en modo de aprendizaje y recolección de todo tipo de información emanada de ésta. Y ello se demuestra con un tono de voz, un parpadeo, una conversación telefónica, gestos que revelan alegría o enojo y hasta información confidencial y comprometedora. Todo, absolutamente todo es recogido y procesado por el robot amigo que las personas poseen en sus moradas o que en un futuro cercano tendrán junto a ellas, o aquellos instrumentos automatizados con los que se interactúa diariamente, como puede serlo un ATM o un puesto de autoconsulta. Este modo cognitivo incluye a aquellos instrumentos automatizados que recogen información y pueden generar perfiles de las personas, como por ejemplo, los carritos de compras inteligentes que miden y escanean los productos incluidos en el mismo y que, mediante huella digital o reconocimiento facial de sus cámaras pueden identificar al cliente y así elaborar un perfil para saber en un futuro qué productos necesitará el mismo. Toda interacción con aquellos que tratan los datos personales y que no son alcanzados por las normas respectivas supone un peligro y un menoscabo a los derechos fundamentales.

Dos elementos esenciales han sido los implementados para llegar al grado de interacción entre las personas y los instrumentos automatizados con capacidad de toma de decisiones: uno de ellos tiene que ver con la elaboración de sistemas de autonomía capaces de aprender del usuario y de la propia experiencia robótica. El segundo elemento indispensable es el desarrollo de sistemas de percepción de todo el entorno y del usuario. De esta manera se logra avanzar en los niveles de razonamiento y en los de aprendizaje. Pues precisamente sobre la base de estos dos elementos se debió legislar con mayor detenimiento teniendo en cuenta la actualidad vivida, las exigencias de las personas y el entorno de la sociedad de la información, los cuales han sido adoptados por distintos grupos investigadores y desarrolladores de robots, especialmente en España. Pero se llegó tarde.

Sin embargo, aquello no termina con la obtención y tratamiento de los datos personales sin el consentimiento, sino que a este tratamiento operado en contra de la voluntad también puede sumársele el uso de la violencia para concretar los fines comentados. Es que in limine¸ al no hacer referencia la norma a elementos ajenos a la persona, deja en libertad para que los mismos se desempeñen dentro de la sociedad de la información con el uso de la violencia contra la voluntad o consentimiento así como mediante la manipulación y obtención del permiso expreso de su titular mediante dicho engaño.

Como lo je expresado, el instrumento automatizado necesita de los datos e información de quiénes lo rodean para crear un perfil, aprender de las personas, procesar los mismos para así poder arribar a conclusiones y deducciones propias basadas en los rituales de comportamientos de las personas. Para ello, el contacto, la recolección y manejo de la información que “emite” la persona es absorbida en su totalidad por éste. No caben dudas de que el usuario tiene conocimientos de que el robot debe aprender de sus movimientos, gestos y rutinas para conciliar la convivencia entre ambos; sin embargo, ello no significa que éste proceda a informar de todos los datos que recoge y cómo los trata, así como tampoco que le solicite el consentimiento previo de manera  constante para cada situación. A non domino los datos recogidos serán tratados por el robot sin que su titular sea consciente de ello, culminando incluso su control en el olvido de la persona y permitiendo involuntariamente con ello, que los instrumentos automatizados manejen la información sensible de manera arbitraria, sin un contralor basado en las leyes y a disposición de terceros o de decisiones ilícitas.

A lo analizado hasta el momento se le agrega una arista que no es contemplada en su situación  por el sistema jurídico, a pesar de que la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, de Protección de Datos de Carácter Personal (LOPD) sí lo regula en su artículo 7. En este caso, si una persona realiza comentarios sobre su afinidad de cualquier género y tipo delante de un instrumento automatizado, se podría interpretar como un consentimiento tácito; sin embargo, el instrumento automatizado recogerá esos datos y los tratará de manera arbitraria con total discordancia con el artículo 7 LOPD. Pero además, este consentimiento tácito no es suficiente para autorizar a un tercero a publicar o tratar los datos especialmente protegidos, algo que no se aplica claramente si quién los recoge y los trata no es una persona. Es aquí donde el ordenamiento jurídico menos puede hacer y justamente dónde el daño a producirse es mayor, a pesar de existir normativa que lo regula de manera correcta a la fecha.

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