El Síndrome de Hansel & Gretel (Parte I)

Así como la filosofía del Derecho se remonta en los conceptos jurídicos al siglo V A.C., dedicando tiempo completo a los fenómenos sociales, en este mismo ambiente introduzco un nuevo concepto aplicable a la recopilación, tratamiento y manejo de datos de carácter personal.

Hansel y Gretel cuenta la historia de dos hermanos hijos de un leñador muy humilde que es convencido por la madrastra de ellos para que los lleve al bosque y los abandone a su suerte, temiendo por la hambruna de toda la familia. Hansel y Gretel al escuchar el plan, deciden llenar una bolsa con guijarros blancos y los dejan caer durante todo el recorrido al bosque, creando un rastro que fuera fácilmente detectable y que les permitiera regresar a su casa. Nuevamente son llevados al bosque con la intención de abandonarlos, y en el apuro no pudieron recoger guijarros mas solamente migas de pan. Al dejarlas nuevamente para marcar el rastro, los pájaros del bosque se las iban comiendo lo que en definitiva hizo que se perdieran y no supieran cómo regresar o ser ubicados.

Así como tempranamente SAVIGNY le dio sentido a la ciencia jurídica como estandarte de la interpretación de las normas y de las instituciones jurídicas relacionadas con las Leyes, llevado a la actualidad, el Síndrome de Hansel y Gretel consiste en que cada persona, desde el momento que nace y hasta su fallecimiento, continuamente se encuentra dejando rastros (guijarros) relacionados con sus datos personales, información que lo hace identificable, que le permite desempeñar todo tipo de actividades y ejercer sus derechos en sociedad (regreso a su hogar) pero que conlleva el gran peligro de poder ser rastreable, identificable y vulnerado en su intimidad, su privacidad y en sus derechos fundamentales, desde la violación de los datos personales hasta el peligro por la vida (sociedad del riesgo) misma. De hecho, ello sucede en milésimas de segundos, muchas veces con el propio consentimiento (y conocimiento) y en otras sin el mismo y de las maneras menos pensadas. Hasta el propio resultado obtenido de la información otorgada por su titular se corresponde con el objetivo de los niños del cuento infantil: encontrar los guijarros, identificar el camino, seguir el rastro para llegar a su destino. Tal es así, que desde que una persona se levanta hasta que se vuelve a acostar para dormir, ha dejado infinidad de información rastreable e identificable sin siquiera notarlo. Lo peor de ello es que esa información muchas veces no desaparece por sí sola, sino por la acción del hombre. Al estar el ciudadano viviendo hoy en día dentro de la Sociedad de la Información, los efectos del Síndrome de Hansel y Gretel se multiplican por varias cantidades. Para determinar que existe un padecimiento del mencionado síndrome, se verificarán dos fases diferentes pero complementarias entre sí. En este caso se le denominará Fase 1, correspondiente a la etapa en que los guijarros que contienen los datos personales son depositados a lo largo y ancho de la sociedad, permitiendo a terceros su utilización a discreción y la identificación de la persona. La recogida de estos guijarros se encuentra sujeta a la voluntad de los terceros y no de los titulares, porque por más que exista una Ley que lo proteja, la misma, en esencia no es respetada. Entonces, en esta primera fase que existiría a lo largo y ancho de toda la vida de una persona, los guijarros de la información son depositados en los espacios físicos y virtuales que forman parte de la sociedad y quedarán a merced y de hecho serán recogidos por terceros, ya sea con o sin el consentimiento. Generalmente, y en el caso del padecimiento del mencionado síndrome, el titular ni se imagina que con el correr de cada día, deja información que le puede identificar o crear un perfil de su persona y comportamiento disponible para terceros. Al no tener conciencia de que ello sucede, tampoco otorga el consentimiento para que cualquier extraño utilice sus datos personales. Un ejemplo de ello es el hecho de transitar por las calles de Madrid, tomar el metro para ir a trabajar, llegar a un bar, tomar un café y luego por la tarde, volver a su hogar. En todo el trayecto, la persona se apoyó en la baranda de las escaleras del metro, dejando su huella dactilar marcada, se sentó a tomar un café, dejando quizá su ADN por algún cabello que se le pudo caer. Dejó su ADN también al beber de una taza donde apoyó sus labios y marcó con su saliva. Luego pasó andando por zonas comerciales dónde existen cámaras de vigilancia y seguridad en las afueras. En todos los momentos, dejó cientos de guijarros, indicios de su vida privada, de sus datos personales, de su vida, que con la tecnología actual, es muy sencillo para un tercero, para un robot, para una aplicación inteligente junto con el instrumento adecuado, hacerse de los mismos y así crear un perfil de determinada persona sin que ésta haya otorgado su consentimiento, y sin siquiera que se haya enterado de todo este proceso. Seguramente, y acorde con la LOPD y con el artículo 18.4, si a una persona se le consulta si se puede utilizar su huella dactilar dejada en el metro línea 2 de Madrid para uso discrecional, ésta hará uso de su derecho fundamental a la autodeterminación informativa y se negará a ello. Eso suena lógico, sin embargo, que se proceda de esa forma o no, es otro cantar.